Editores originales – Andrea Sturm
Principales colaboradores – Naomi O’Reilly
Los desastres naturales, conflictos armados, migraciones y epidemias ocurren hoy con más frecuencia, causando más muertes, desplazamientos de personas y pérdidas económicas. Los problemas éticos a los que se enfrentan los profesionales sanitarios son diferentes a los de la práctica diaria. Para prevenir la violación de los derechos humanos básicos[1], evitar daños y encontrar la acción más beneficiosa, es necesario comprender los tipos y determinantes de las situaciones éticas[2].
Un «desastre» difiere claramente de una «emergencia», y se ha descrito como una situación o un acontecimiento que desborda las capacidades locales y requiere ayuda externa nacional o internacional. El aumento de las necesidades de la población, los daños de las infraestructuras y la pérdida de profesionales sanitarios crean un desequilibrio que dificulta el funcionamiento de los sistemas sanitarios. Las rutinas diarias se pierden y son sustituidas por estresores como la enorme carga de trabajo, la escasez de recursos, que no pueden evitarse en condiciones catastróficas, las amenazas a sus vidas o a las de sus familiares y pacientes, la falta tanto de orientación o regulación legal como de políticas sanitarias, así como las barreras lingüísticas y la diversidad cultural[2][3] – todo ello contribuyendo potencialmente a la angustia moral. Experimentar angustia moral puede estar asociado a sentimientos no resueltos de incompetencia, integridad comprometida, frustración, ira, impotencia, indignación y tristeza[4].
Las exigencias de una acción urgente y vital puede plantear diversos problemas de valores que pueden venir de la mano de la toma de decisiones sobre la vida y la muerte, por ejemplo, en el triaje de los pacientes, o en el afrontamiento de cuestiones relacionadas con el auxilio. Estos problemas éticos pueden persistir incluso en las fases post-agudas, durando en algunos casos años o décadas[2]. Por ejemplo, se ha descrito en el caso de Afganistán, donde un gran número de afganos sufren discapacidades, que no sólo están relacionadas con los traumas y las lesiones de la guerra, sino también con afecciones mal gestionadas o no gestionadas, como la poliomielitis y la tuberculosis, a causa del colapso de las infraestructuras y los recursos de los servicios sanitarios[7]. Fisioterapeutas de Nepal informaron de la destrucción masiva de instituciones sanitarias y de la sobrecarga de las instalaciones sanitarias restantes tras el terremoto de 2015, así como de la necesidad continua de servicios de rehabilitación a medio y largo plazo de los supervivientes con lesiones físicas y psicológicas. Surgieron problemas adicionales debido a la destrucción de lugares de alojamiento y a la pérdida de viviendas, a la destrucción de las infraestructuras para viajar con seguridad hacia o desde las zonas rurales, y a la llegada de la estación de los monzones, que provocó inundaciones. La temporada de monzones aumentó aún más el riesgo de enfermedades como el cólera y la diarrea, al afectar a la salubridad del agua[8].
Los problemas éticos que surgen en los desastres se han identificado como tensiones entre el respeto a las costumbres y los valores locales impuestos por los intervinientes externos; las diferentes concepciones de la salud, la enfermedad y las afecciones; los factores externos que dificultan la prestación de una atención adecuada, como la escasez de recursos; las cuestiones de «identidad moral» del personal sanitario; y la confianza y la desconfianza entre el personal humanitario y las comunidades locales. Las funciones e interacciones de los profesionales están influenciadas por estructuras históricas, políticas, sociales y comerciales, así como por las políticas y los programas de los organismos de asistencia, que pueden contribuir a que se produzcan situaciones éticamente difíciles. Por ejemplo, la actitud de las autoridades públicas puede crear dilemas éticos si se niegan a compartir información o no autorizan operaciones en las que pueda resultar inconveniente, por ejemplo, en campos de refugiados o zonas de guerra. También se ha informado de que la mentalidad y la actitud de los medios de comunicación tras un desastre crean problemas éticos, cuando los reporteros bloquean los trabajos de ayuda para obtener fotografías más cercanas. Los derechos de la persona pueden ser violados cuando se publican imágenes de personas muertas y heridas, que podrían ser vistas por sus familiares. Además, los medios de comunicación pueden ocultar la verdad intencionadamente e incluso difundir noticias engañosas bajo presión política.
Se ha informado de que organizaciones internacionales de cooperación se acercan de forma paternalista e imperiosa a las organizaciones locales. Se ha descrito que algunas organizaciones utilizan las actividades de cooperación para promover sus propias agendas, como las motivaciones religiosas, objetivos políticos o recaudación de fondos. La asignación injusta de recursos y la ineficacia de la ayuda humanitaria son otras cuestiones éticas que surgen en situaciones de desastre, así como los problemas relacionados con el envío, almacenamiento y distribución de la ayuda. Se ha descrito a los políticos que abusan de su poder en aras de su propia agenda como causantes de discriminación en la distribución de la ayuda en función de las religiones, las etnias y las opiniones políticas. Otro grave problema ético es la mala gestión debida a la falta de preparación, como la ausencia de una evaluación sanitaria rápida para determinar las necesidades reales. Esto puede dar lugar a una asignación errónea de recursos, lo que a la larga puede conducir a sufrimiento y muertes evitables[2].
Las cuestiones éticas también pueden surgir en el plano de la relación entre el paciente y el profesional sanitario. Los profesionales sanitarios pueden incurrir en incompetencia profesional, cuando no reciben la formación adecuada específicamente para los desastres o cuando el triaje no se aplica correctamente o no se aplica en absoluto. Los profesionales sanitarios pueden tener dificultades para determinar los límites de su deber de asistencia, como ha sido debatido por especialistas en ética en relación con la pandemia de COVID-19[9], o para obtener el consentimiento informado y respetar la autonomía de los pacientes. Los profesionales de la salud recomiendan, en aras de aliviar su carga de trabajo, que el consentimiento informado no se defina como un deber profesional en los primeros tres a cinco días tras el desastre («fase caótica inicial»), debido a los limitados recursos y al estado psicológico de las personas afectadas. Cuando un paciente es un refugiado que no conoce la lengua local, la obtención del consentimiento informado también puede percibirse como demasiado difícil. Las violaciones de la confidencialidad y la privacidad también son cuestiones éticas reportadas en el ámbito de los desastres, ya que los historiales de los pacientes no siempre pueden guardarse en taquillas, lo que supone un riesgo, especialmente para las víctimas de la violencia doméstica y los drogadictos[2].
Las directrices y reglamentos profesionales no siempre proporcionan suficiente orientación en situaciones de desastre. Las organizaciones extranjeras suelen tener sus propios códigos, que pueden entrar en conflicto con los valores y condiciones locales. Para comprender las perspectivas locales, los profesionales sanitarios necesitan oportunidades para debatir y tener acceso a otras opiniones, y requieren actitudes como la humildad, tener una mente abierta y ser reflexivos. La práctica ética en un entorno humanitario también requiere tener en cuenta los valores y las percepciones del personal sanitario nacional, para facilitar el diálogo y aumentar la confianza y el respeto[2]. Es importante comprender las experiencias y percepciones de los profesionales sanitarios locales que pueden haber sufrido física, emocional y/o psicológicamente los efectos del desastre en cuestión o las dificultades resultantes. Los profesionales sanitarios en situaciones de desastre no sólo contribuyen a la prestación y reconstrucción de la asistencia sanitaria, sino que también pueden considerarse una fuente de esperanza y orientación moral[7].
Un ejemplo de guía ética universal es el «Código de Conducta del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (CICR) y de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) en el Socorro en Casos de Desastre», cuyo objetivo es mantener unos estándares elevados de independencia y eficacia. En caso de conflicto armado, el código se interpreta y aplica de conformidad con el derecho internacional humanitario. El código incluye 10 principios fundamentales y 3 anexos que describen los entornos de trabajo que el CICR necesita de los gobiernos anfitriones, los gobiernos donantes y las organizaciones intergubernamentales para prestar una asistencia humanitaria eficaz[10]: